CERCA DEL INFINITO: COLECCIONISTA DE NOMBRES

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COLECCIONISTA DE NOMBRES

7 de agosto de 2013

Me dijo que coleccionaba nombres; que los apuntaba en una agenda, y que nunca repetía el mismo nombre dos veces. Cada noche salía en busca de uno nuevo, de garito en garito, y siempre encontraba uno que llevarse a casa. Cada día se acostaba con un nuevo nombre; con un hombre distinto. Lo hacía suyo, y exprimía a tope cada una de las letras que componían el nombre. Sacaba la máxima rentabilidad de la esencia de cada uno. Por la mañana, sencillamente lo anotaba en su pequeña gran agenda, ya inundada de nombres por doquier, y esperaba la llegada de la noche. Una rutina nocturna que completaba su día a día.
Cuando le pregunté porqué lo hacía rompió a llorar.

"Una vez... me rompieron el corazón"


No supe como reaccionar, ni que decir. Me sentí impotente ante el abismo que me suponía ver llorar a una persona que se había abierto tan gratuitamente a mí sin pedir nada a cambio. Entonces supe que necesitaba comprensión. Le pedí que me hablase de él, de aquel nombre que habría sido por tanto tiempo impronunciable para ella.
Torció el gesto. Seguramente no sabría por donde empezar. Entonces la vi tan frágil...
Entrelazó sus dedos y bajó la vista.
"Le echo tanto de menos...
Él fue mi primer amor. Me lo presentó mi abuela a los seis años, era el típico nieto de su amiga la que siempre te coge de los mofletes al verte. - Sonrió levemente al recordarlo - Con ocho años comenzamos a ser inseparables, y con diez nuestros amigos empezaron con lo típico de que si éramos novios; y aunque siempre insistimos en que dos personas del sexo opuesto podían ser perfectamente amigos, los dos sabíamos en el fondo que nosotros no estábamos hechos para mantener tan solo una amistad. 
A los doce años nos dimos nuestro primer beso. Estaba lleno de nervios, de emoción y de inexperiencia. Lo recuerdo tan tierno... ahora solo pienso en que fue el único beso sincero que hubo en la relación. 

Hizo una pausa, cogió aire y siguió con su relato.

Hasta los trece no volvimos a hablar del beso, lo dejamos pasar. La vergüenza primeriza nos hizo estar unidos pero muy distantes. Y aunque nunca dejamos de hablarnos, él empezó a irse con amigos, y yo a mi vez, conocí a unas chicas que, aunque no tenían mucho que ver conmigo, hacían que se pasaran algo más deprisa las horas.
Con catorce me lo encontré entonces en una fiesta. Nuestra escasa comunicación de entonces no nos había permitido saber a ninguno de los dos que el otro iba. Fue entonces todo muy impulsivo, yo llevaba tanto tiempo imaginándome con él que el simple roce de sus labios casi me provoca un desmayo. Desde aquel día empezamos entonces algo que siempre creí que sería eterno.
Dejamos entonces prácticamente de tener amigos. Vivía él para mí y yo para él, no había nadie más a nuestro alrededor.
Comenzamos a ser tan inseparables que a penas podíamos aguantar dos horas alejados el uno del otro,y a los quince empezaron las desesperaciones de nuestros respectivos padres. Hacíamos autenticas locuras, pero siempre por la misma razón: por amor.
La primera vez que se coló por mi ventana fue casi mágica, no me esperaba aquello. Había tenido un mal día, y vino a arreglarme la noche; se quedó conmigo hasta que me dormí. Después, simplemente desapareció. El resto de las veces casi era rutina, el día que no venía a darme las buenas noches era raro, y la noche se hacía larga.
Pasábamos horas hablando, y hasta casi podríamos habernos pasado semanas enteras para un solo beso.
Y así fue, hasta los veinte años. Nunca cambió nada, siempre estábamos juntos, siempre en nuestra burbuja, donde nadie nos molesto; pero...

Suspiró a la vez que desvió la vista.

Un día, sin más, todo eso murió. No puedo explicar cómo, porque fue de la noche a la mañana.
Repentinamente él cambió. No volvió a darme las buenas noches, no volvimos a tener ni una sola conversación larga. No volvió a interesarse de cómo me había ido el día. Y sin más, me olvidó, me olvidó como el que olvida un cumpleaños sin querer. Entonces me dijo que lo nuestro no funcionaba, y desapareció para no volver nunca más. No he vuelto a verle jamás. Fue el día más triste de mi vida".


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Días más tarde de escuchar su relato, por desgracia, se hizo famosa aquella coleccionista de nombres.
Después de remover el pasado, había dado a parar en casa de aquel chico innombrable, donde aún residían sus padres, los cuales le comunicaron que, desafortunadamente, a su hijo le había sido detectado un cáncer años atrás, un cáncer que se había convertido en mortal hacía escasos meses.
Aquella coleccionista de nombres no pudo vivir con la sensación de culpabilidad que sobre ella recaía ya, y por eso, hoy leo un artículo en la prensa, donde relatan la investigación que se está llevando a cabo sobre el suicidio de una joven.



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